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Suikoden: Una breve reflexión sobre el trabajo de campo realizado por Tir Mc Dohl

2015-07-20
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Aunque muchos videojuegos pueden llegar a cuestionarnos en varios aspectos de nuestra vida, no son muchos los que lo lograron de la manera tan sofisticada como Suikoden (Konami, 1995) lo hizo para ese entonces. No trataré de abarcar aquí la majestuosidad ni mucho menos, de la obra “A la orilla del agua” (水滸傳, Shuihu Zhuan), conocida también como “Los forajidos del pantano”, “Todos los hombres son hermanos”, “Hombres de los pantanos”, o Los pantanos del Monte Liang, ya que esta obra, a la que no se necesita hacerle presentación, es una de las cuatro novelas clásicas más importantes en la literatura china; y de la que el juego Suikoden hace una excelente adaptación libre. Así, solo me referiré a la historia y dinámica propia del videojuego desarrollado por la poderosa Konami para la plataforma PlayStation.

 

Ahora bien, no está de más aclarar que en esta breve reflexión hablaré desde mi experiencia como etnógrafo y desde la disciplina antropológica; como alguien que ha visto de primera mano una realidad, que muchas veces no es tan consecuente con lo que creemos debe ser, resultando más caótica, injusta y diversa de lo que esperamos. Me referiré entonces a la importancia del trabajo de campo, elemento que no es solo exclusivo de la antropología, pero es a través de ésta que puedo hablar como alguien que vivió ese cambio de percepción por el que también pasó nuestro amigo Tir Mc Dohl.

De esa manera, desde el ejercicio etnográfico, recordando a los clásicos como Malinowski, cuando en antropología ocurren los primeros desplazamientos hacia lugares alejados de occidente y se dan las estadías prolongadas, en donde el etnógrafo convive con el nativo en la dinámica del trabajo de campo; y cuando ese “Otro” construido desde occidente, nos muestra en esa convivencia, unas posibilidades distintas del ser y del estar. Sin embargo, esa “otredad” deja de ser una palabra que describe solo a los pueblos diferentes al occidental, para convertirse posteriormente en un concepto que se traslada a ese mismo occidente ahora heterogéneo y generalmente excluyente, en el que la figura del “Otro” ya no se encuentra alejada geográficamente de las dinámicas occidentales, sino que ahora sigue operando dentro de las adversidades de una misma ciudad.

Es así que en estos aspectos, el trabajo de campo nos brinda la oportunidad de entender que nuestras pre-nociones de la realidad muchas veces resultan ser absurdamente estrechas, y es el ejercicio etnográfico una oportunidad, que como investigadores sociales o humanistas, tenemos para expandir las percepciones que adquirimos del mundo, y de esa manera, enriquecer nuestras habilidades en la hermenéutica. Como bien lo hizo el joven Tir, protagonista del videojuego Suikoden, quien nos muestra esa posibilidad que ofrece el trabajo de campo, al mostrarnos que muchas veces las apreciaciones de nuestra realidad inmediata están sesgadas por el desconocimiento, por no atrevernos a salir y superar nuestras pre-nociones como sujetos de conocimiento y miembros de una cultura; lo que nos conmina sutilmente a legitimar muchas veces posiciones que ni siquiera compartimos, por no saber de fondo sus verdaderas causas o por el simple temor a cuestionar el “Statu quo”.

Esta es la situación que le toca vivir a Tir, como un joven oriundo de la ciudad de Gregminster, ciudadano del Imperio de la Luna Escarlata e hijo del general Teo Mc Dohl. Tir, quien al seguir el modelo de su padre como militar, se incorpora al ejército imperial bajo las órdenes del comandante Kraze Miles, y resulta siendo un acérrimo defensor de los ideales imperiales que por tanto tiempo ha defendido su padre. Sin embargo, a causa de las experiencias a las que le toca enfrentarse, su percepción y opinión de la realidad en la que vive es trastocada y transformada radicalmente, hasta revelarse en contra del mismo imperio que lo vio nacer.

Me atrevería a decir que el proceso experimentado por Tir como hijo del imperio, resulta ser el mismo o muy similar al que sufrió la antropología como disciplina hija del colonialismo, ya que desde sus inicios usó teorías unilineales como el naturalismo y el evolucionismo, argumentando y defendiendo un solo sendero evolutivo, que supuestamente finalizaba exitosamente en la forma de vida dada en las ciudades occidentales; esto con el objetivo de justificar las invasiones por la supuesta superioridad europea respecto a los aborígenes. De la misma forma sucedió con el funcionalismo, al utilizar sus herramientas como la “observación participante” o el hoy muy famoso “diario de campo”, para describir fielmente y de manera detallada las características de una comunidad en relación a su hábitat, con el propósito esta vez, no de invadir, sino de garantizar la permanencia de las colonias instauradas en los pueblos ya ocupados.

Sin embargo, con el pasar del tiempo la antropología terminó usando las mismas herramientas que fueron implementadas para conocer y colonizar al “Otro”, ahora con el objetivo de enfrentarse a los cánones de esa misma colonia, pues los discursos antropológicos empezaron a ser usados para que ese “Otro” se empoderara y fuera consciente de su condición de colonizado frente a las relaciones de poder establecidas por la colonia; hasta el punto en que ni siquiera es necesario dicho antropólogo para que las mismas comunidades generen y trabajen en pro de ese empoderamiento.

Ahora bien, dicho enfrentamiento resulta contundente cuando el conocimiento, en este caso representado por la disciplina antropológica, es aprendido, asimilado y utilizado por ese “Otro”. Como ocurre en el juego, cuando ese nativo, ese pueblo, ese “malo construido” y Tir se unen usando los mismos conocimientos del imperio para asimismo maldecirlo. Así como Calibán, cuando le dice a Próspero: “Me enseñaste tu lengua y con ella te maldigo”1. Eso hace el ejército de liberación con ayuda de Tir, maldecir con sus acciones al imperio del que el joven Mc Dohl alguna vez fue defensor.

No trato de decir con esto que la antropología sea la redentora ni mucho menos, así como tampoco Tir lo fue en Suikoden, pues fueron el ejército de liberación y el pueblo en realidad los libertadores; solo trato de evidenciar un cambio de perspectiva que la disciplina antropológica y muchos antropólogos tomaron cuando se abrieron a otras maneras de entender la existencia en la pluralidad.

No obstante, ese cambio de paradigma solo fue posible porque Tir dejó las paredes de su palacio, unas paredes que pueden ser y de hecho lo son, epistémicas; asimismo la antropología lo hizo, no para todos los casos, pero pasó de ser hija de la colonia, defendiendo los intereses de Europa en el resto del mundo dando información y conociendo a ese “Otro” para dominarlo, a ser una disciplina que puede estar comprometida con los movimientos sociales y las luchas de las minorías.

Ya para el momento en que Tir cambia ese ideal imperialista, abandonando su rol como herramienta de dominación e intentando unirse al ejército de liberación aliándose con el pueblo oprimido, le sucede lo que a muchos colegas nos ha pasado cuando intentamos relacionarnos con algunas comunidades; nos miran con mucha desconfianza, y no es para menos, pues mucho ha sido el daño que la antropología como herramienta imperial le ha hecho a los pueblos. Es así que el antropólogo generalmente es visto con desconfianza y muchas veces con justa razón, pues así como hay quienes han usado las herramientas y el conocimiento etnográfico como lo hizo Tir, para luchar en contra de un colonialismo injusto; así también hay muchos que siguen actualmente haciendo antropología funcionalista, que no dista en lo absoluto de lo que Malinowski hiso para el imperio austrohúngaro, solo que ahora ese imperio está maniobrando bajo la investidura de lo multinacional y el capital financiero global.

En ese sentido, a medida que van pasando los minutos la interactividad comienza a hacer su trabajo, y mientras encarnamos en el joven Mc Dohl vamos poco a poco conociendo esa “Realidad Otra”. Entonces, lentamente los hechos y las razones se convierten en contradicciones de unos ideales de justicia que nuestro protagonista puede defender y/o repudiar.

Así, como cualquier arte expresivo y representativo, el videojuego Suikoden nos invita a salir del palacio en el que nos encontramos, a salir como lo hiso Tir, fuera de las paredes físicas pero también mentales, ideológicas e incluso epistémicas, para así comprender de una forma diferente y más amplia la realidad, sin pretensiones de superioridad multiculturalista como lo plantea Zizek2; más bien como la posibilidad de conocer para comprender y respetar en términos reales la diferencia que compone el mundo, recuperando el reconocimiento que occidente se ha encargado de robarle a los considerados “Otros” o a “la gente sin historia” como diría Wolf3.

Y es el mismo Tir considerado en un momento como ese “Otro”, pues al liderar el ejército de liberación siente en carne propia el peso y la crueldad de aquel imperio que apoyaba y legitimaba, un peso que las minorías siempre han soportado hasta hoy y que en Suikoden están representadas por el pueblo que es vilmente oprimido. De esa manera, al inicio del juego, estos habitantes y aquellos quienes se rebelan en contra de la opresión, son considerados delincuentes, injustos, el “malo construido”, una colectividad que actúa a favor de la maldad porque sí. Sin embargo, esa narrativa de un malo y un bueno aquí en esta historia se pone en tela de juicio, cuando en principio somos los buenos en contra de los malos pero que con el paso de la historia, al abrir nuestra percepción terminamos siendo los malos para aquellos a los que pertenecimos en algún momento, cuestionándonos inclusive las nociones de lo que podríamos considerar el bien y el mal.

No quisiera generar expectativas tal vez inconmensurables, solo invito a quienes no lo han hecho, a ponerse en los zapatos del Joven guerrero Tir Mc Dohl, vestir su bandana verde y empuñar su poderoso bastón del colmillo en nombre de la justicia, que al igual que los demás conceptos trastocados en el juego, es también muy relativa.

 

Referencias


  1. Fernández, Roberto. (2006). “Todo Calibán”. La Habana: Fondo Cultural del ALBA, 2006.
  2. Zizek, Slavoj. (1998). “Multiculturalismo o la lógica cultural del capitalismo multinacional”. En Estudios culturales: Reflexiones sobre el Multiculturalismo, N º 2: p.p. 137-188. Barcelona: Paidós Ibérica.
  3. Wolf, Eric. (1987). “Europa y la gente sin historia”. México: FCE.

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