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La distinción de la realidad virtual

2016-04-07
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Capital simbólico y el sentido de la prensa

Sería de los primeros que en caso de tener dinero correría a hacer los pre-pedidos de todos los dispositivos de realidad virtual que están por llegar. Como no tengo ni dinero ni empleo queda esto en el territorio de la especulación, pero no me faltan ganas. Esta parece ser la primera generación de RV que por fin va poder recibir ese nombre sin que sintamos vergüenza ajena. Al menos eso es lo prometido por las compañías. Todos los que estamos interesados en el asunto tenemos puesto un ojo en los precios y el otro en si de verdad va a dar lo que se nos ha dicho, esto es, si va a haber una correspondencia real entre lo que hemos probado en demostraciones y lo que está al llegar. Por el momento lo único que sabemos con bastante certeza es que incluso el dispositivo más barato, el antiguo Morpheus de PS4, cuesta tanto o más que el hardware donde va a poder probarse el software. Así, el PlayStation VR y los periféricos necesarios como la cámara o el move costarán tanto o más que la consola. Toca ahorrar, aguantarse las ganas o cometer un acto delictivo, según prefieran. Así es la amarga realidad, tal vez por eso aspiramos a escapar a lo virtual.
Para muchos que ya tenemos una edad, que llegue la RV es una especie de sueño infantil que va a cumplirse. A través de la compra, además, nuestra generación ha aprendido a suplir pulsiones latentes y encaminar la afectividad. En este caso, además de rascar ese prurito molesto se está jugando con la proyección sobre el futuro que nos transmitieron de niños. Desde las promesas del ciberespacio, a la inmersión total en el videojuego, la RV siempre ha estado ahí como el horizonte de la sucesos de un agujero negro: que al traspasarlo nos engulla y no nos deje escapar. Pero pese a todo este deseo desbordante que me embarga la mente, cabe decir que la RV tal vez establezca una “distinción” tal y como planteó el sociólogo Pierre Bourdieu 1: la acumulación de capital cultural que nos sitúa en una posición diferenciadora y privilegiada. Por otro lado, la RV puede suponer un revulsivo contra las opiniones de que la prensa del videojuego está de más. Vamos por partes.

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La distinción


pierre-bourdieu-sociologo-thinkpieces-videojuegos-zehngamesPartamos de que Pierre Bourdieu nunca describió de forma sistemática lo que es el capital cultural, así como el resto de sus capitales, por lo que en lo que se cimenta este artículo ya viene manchado de cierto pecado original. Pero vamos a suponer que, sin entrar en detalles, la propuesta de Bourdieu es pertinente. Para el sociólogo francés la teleología marxista sobre la filosofía de la historia sufre diversos déficits, entre alguno de ellos, el que dividir entre capital y no-capital es una barrera heredada del hegelianismo demasiado rígida para un mundo en el que la burguesía admite demasiadas capas. Más aún después de un siglo XX donde eclosionó una nueva clase social que se ha denominado clase media. En las formas de hacer y relacionarse de las culturas de arriba frente a las de abajo, Bordieu detecta que tan importante es el capital material como el capital intelectual. De esta forma, una persona que trata de entrar en un estatus social de élite es rápidamente detectada por sus miembros porque no ha adquirido eso que llama habitus, una suerte de mezcla entre prácticas sociales, redes de contactos, capital cultural y dinámicas de grupo que te distinguen como perteneciente a ese selecto grupo 2.

 
Siguiendo esto, Bourdieu divide entre capital social, capital cultural y capital simbólico y, por supuesto, el capital económico. Mientras que este último es de sobra conocido (el control de ciertos recursos es el garante de poseer capital económico), el capital social consiste en estar dentro de una red de contactos e influencias, pertenencia a colectivos, y obligaciones de colaboración. Muchas personas se escandalizan cuando ven que la Universidad es una especie de coto privado de linajes que van sucediéndose como profesores titulares. Me incluyo entre este grupo que arranca los cabellos de ira; debo dar un paso atrás y en lugar de maldecir, pensar un poco el asunto para explicármelo (que no para justificarlo).
Si Bourdieu está en lo cierto, entonces es más habitual que un hijo de catedrático pueda optar a un puesto universitario que el hijo de un barrendero porque el primero, a diferencia del segundo, ya posee un capital social. No es una cuestión de “enchufismo”, sino de que el niño ya nace dentro de ese entorno, aprende las relaciones del grupo, sus dejes y maneras, sus errores, sus aciertos y los juegos sutiles que se establecen entre las distintas partes, a quién tengo que rascar la espalda cuando le pique y quién me la va a rascar a mí. Para el que no ha nacido en ese entorno, crearse un capital social es una tarea complicada e ingrata: la policía del fraude siempre está atenta a ver de dónde vienes.
Por lo general, el capital social trae consigo un capital cultural determinado: el acceso a una educación específica, el manejo de material cultural desde la cuna (libros, por ejemplo). Pero el niño también recibe algo más intangible, se les enseñan todas esas actitudes y comportamientos que son útiles para mantener el capital social. Mediante estos capitales y las prácticas en primera persona se forma el habitus, que es el como afinar el instrumento de la inmersión en el grupo social.

Cuando la burguesía de finales de la Edad Media y principios del Renacimiento quisieron desligarse completamente de un acercamiento a la nobleza y verse como algo distinto, comenzaron con una práctica que hoy en día es bastante común: la acumulación de capital cultural. Dado que no existía una forma específica de ser burgués, aparte de poseer un capital económico, sus dinámicas de grupo comenzaron a establecerse por la compra de cultura que les llevará a las prácticas sociales. Porque si algo se pensaban de distintos a los nobles era en que ellos eran cultos. Los textos de los grandes pensadores de la Ilustración son bastante claros sobre este punto.

 

Por si no quedase claro, no confundo poseer cultura con ser culto, de hecho es una asociación tan mala como pensar que por tener Internet sé todo lo que hay en Internet, simplemente tengo acceso a Internet. Y ahí está la clave del capital cultural: se tiene acceso a una parte de la cultura que en un reparto desigualitario ha ido a caer en los que pueden permitiese el lujo de comprarla.

Todo esto repercute en las propias dinámicas de cierta industria cultural que solo mira ya el bolsillo del diletante o de las clases privilegiadas, como es el caso de la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid ARCO. Además, ciertas élites (sobre todo las intelectuales) parecen sentirse amenazadas cuando ciertos grupos sociales se dejan caer por sus barrios: cierran a cal y canto las candelas como si una horda de caminantes se dirigiese a devorar sus cerebros (verdadero trofeo absoluto del capital cultural). Esto puede que nos lleve hasta el siguiente punto: dado que aunque no todo esté al alcance de todos los bolsillos, el mundo moderno nos ha facilitado algo inaudito en el pasado, la gran mayoría de la sociedad puede acceder a distancia a los objetos de consumo cultural y juzgarlos como aptos o no aptos antes de comprarlos. Es decir, que ahora si alguien quiere que compres algo necesita de fuertes inversiones de dinero ya sea en publicidad, youtubers, prensa o en lo que crea adecuado porque cualquiera puede opinar a distancia. Por tanto, si alguien quiere distinguirse como una clase social única y privilegiada necesita algo que no pueda criticarse a distancia y solo pueda ser aprehendido como experiencia.
Muchas de estas palabras mías son el eco de un vídeo de Reflexiones de Repronto3 sobre esa obsesión de los medios de comunicación de introducir a cocineros (que los convierten en auténticas celebridades) en diversos programas. Llama de sobremanera la atención que esto suceda en los informativos; no se comprende muy bien a santo de qué viene una noticia sobre la reinvención de la torrija después de una pieza en la que nos alertaban de que la gente pasa hambre en España… a no ser que nos quieran vender la nueva distinción. Dice Raúl Michinela en el vídeo que en los años noventa la televisión se llenó de diseñadores. Pese a que el diseño está en todas partes, desde un bolígrafo, pasando por un cubierto hasta el pomo de una puerta, el estatus del diseñador alcanzó cotas de escándalo cuando surgió un tipo de “diseño” específico que se distinguió del diseño y acaparó el nombre. Se excluyó la idea de que el diseño “lo sea todo” para asumir que hay un diseño exclusivo, el de los objetos caros y “de diseño”. De esta forma, cuanto más caro, más exclusivo y más de diseño.

Claro está que el diseño tiene un serio problema: se trata de objetos materiales, con una corporeidad determinada y que pueden ser fotografiados. En ese sentido, todo el mundo puede opinar a distancia sobre las propiedades del objeto. El diseño deja de ser excluyente y formar parte de las élites cuando todos podemos decir que tal o cual diseño es así o asá. No necesito experimentar la silla de diseño para hacerme una idea de compra: tal vez me equivoque pero apelo a mi criterio y mis sentidos para llevar a cabo una decisión. Pero si otra persona que ha pagado una barbaridad por la silla asume que todos pueden opinar sobre la silla, tal vez haya que buscar un lugar más místico desde donde enunciar la distinción. Así, el paso natural a la comida de diseño parece puesta en bandeja. Los chefs superestrellas ofrecen algo muy característico del siglo XXI: cambiar la descripción de un objeto por las sensaciones. Aunque las sensaciones pueden ser comentadas, existe siempre un vacío por el cual necesitamos experimentarlo por nuestra cuenta para poder saber qué es ese objeto. La comida tiene esa fenomenología tan particular, lo que la convierte en ideal para diferenciarme de ustedes, mortales, que nunca han tenido a suerte degustar de los placeres entre la alquimia, el misticismo y la transustanciación que el restaurante de Ferrán Adrià ofrecía a unos pocos elegidos. Podemos opinar sobre la presentación de la comida (siempre nos quejamos de la idea de que es escasa) pero no sobre qué es lo que es un plato de Adrià excepto si lo probamos. Nos guste o no el plato una vez comido, el acceso a ese manjar de élites te identifica como parte del grupo privilegiado.

¿Jugador o no jugador?, he ahí la cuestión

¿Y la RV? ¿Dónde se quedó en todo este maremagno de palabrería? Según propongo aquí, la RV tiene la ventaja de ser un material exclusivo y excluyente que diferencia a unos usuarios de otros en base a la capacidad de adquirir un artefacto que le permita tener la sensación de la realidad virtual. Al igual que la comida de diseño, la RV se puede comentar a distancia en cuanto a su presencia, pero solo es posible su disfrute si se prueba, esto es, si se tiene la experiencia.

Hay que reconocer una cosa, en los videojuegos siempre ha habido un componente de experiencia ineludible. Por mucho que se comente su jugabilidad, veamos su jugabilidad o nos aseguren sus placeres, solo jugando podemos tener la idea sensoria que tal o cual juego produce. Por eso, ponerse a los mandos es fundamental para tener un criterio definido. Pero esto tampoco es exclusivo de los videojuegos, claro: le pasa a los coches, entre otros. Es difícil que podamos saber el goce de conducción que produce tal o cual auto si no nos ponemos al volante. Da igual los caballos del motor, la seguridad de sus frenos, o la velocidad en carretera que alcance: eso son solo datos. La publicidad actual cayó en cuenta de esto y, en lugar de enfatizar las virtudes objetivas del auto, decidió vender experiencia. Hay muchos anuncios en los que no vemos el coche, solo la marca y las sensaciones que dice trasmitir la conducción, que cuanto más abstractas mejor, son las que venden el vehículo.

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Sin embargo, tanto Twitch como Youtube son plataformas con las que se puede acceder al contenido del videojuego casi como lo estuviéramos jugando. No se corresponde con nuestra experiencia de juego pero es muy útil, por ejemplo, para acotar el margen de error de compra. Los vídeos, la crítica u el boca a boca ayuda mucho para reducir la posibilidad de comprar algo que no nos vaya a gustar. Por el contrario, esto crea un pequeño inconveniente, ¿qué hacemos con el jugador, ese grupo social un tanto desarticulado dentro del mundo del videojuego cuando cualquiera puede opinar sobre cualquier cosa desde la distancia? En fin, a lo mejor el jugador necesitaba un empujón de distinción, incluso para hacer sus propios vídeos, en los que se premiase más la parte de experiencia que solo puede ser trasmitida desde aquel que dispone del aparato exclusivo, ya que hacerse la idea de lo maravillosa que es la RV solo puede ser posible probando la RV. Vean los vídeos de RV de youtube, ¿dan a entender algo de cómo es la RV? Creo que bien poco debido el carácter tan sensorial de las experiencias de inmersión.
Si, como digo, el jugador puede alcanzar una cota diferente de habitus social dentro de su grupo, entonces se está llevando a cabo una maniobra un tanto “peRVersa”, pero nada extraña si seguimos el ejemplo de la burguesía. Acaparamos capital cultural, las gafas de RV y sus accesorios, como si fuera capital social, nos introduce en esa élite que puede permitirse este nuevo invento, y pensamos así que adquiriremos capital simbólico. ¿Qué es el capital simbólico? Bourdieu lo añade a los otros capitales como otro bien intangible del individuo que pasa porque tu distinción es reconocida por otros miembros del grupo, e incluso de fuera del grupo. El capital simbólico se posee solo tras adquirir los otros capitales. En cierta medida dice que tienes poder económico, que estás en la onda cultural y que ahora estás adquiriendo el slang y los comportamientos de los miembros de tu grupo, para con los cuales tienes obligaciones y derechos.

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El sentido de la prensa en el esquema de la distinción

Llevo una temporada pensando sobre el sentido de la prensa (de videojuegos)4. Hasta el momento no tengo una respuesta sensata sobre la pregunta de para qué vale, más allá de ciertas obviedades. Sin embargo, dado cómo funciona el mundo actual, cada día tiene menos razón de ser una crítica o análisis del videojuego desde una posición que si limite a describir el producto. Desde mi punto de vista no hay peor analista que el que se comporta como un vendedor de lavadoras. Es legítima, pero considero que tarde o temprano se verá abocado a desaparecer ese análisis que solo nos detalla elementos descriptivos. Si el videojuego es un objeto cultural complejo hay que tratarlo como tal y analizarlo desde un punto de vista concreto, como el resto de las artes hace. Con nuestras contradicciones, debido a que es un medio que lucha entre lo descriptivo y lo fenomenológico, pero con rigor, esto es, de tal forma que el comentario al objeto cultural tenga un valor en sí mismo más allá de orientar una posible compra del usuario.
Sin embargo, por mucho romanticismo que le eche a la cosa, el problema de la prensa sigue ahí: existen muchos más medios que lectores. Y, según parece, a los lectores solo les interesa lo descriptivo y las notas. Para el resto ya tienen los vídeos donde se dan sobrada cuenta de lo que quieren y lo que no. De esta forma el usuario no se va a comer la cabeza. ¿Resulta esto preocupante? En absoluto. ¿La gente se lee análisis antes de ver la película o solo lee la nota? Apostaría a que a la mayoría les importa un carajo el análisis, y tampoco tiene nada de malo. Precisamente, los que las leen ya están ejerciendo su distinción como colectivo interesado en el tema más allá del disfrute del producto –también lo dice Bourdieu que los que más acceden a un medio son parte del medio5. En algunas ocasiones hasta se convierte en un estilo de vida que puede ser clasificado, como son el cinéfilo, el nerd, o el gamer.

Reconozco que el que a mí no me preocupe no significa nada. De hecho, muchos medios han tenido que cerrar o reinventarse completamente si pretenden seguir haciendo crítica o análisis. Así que la RV puede ser una forma, un tanto pueril desde mi punto de vista, de subirse al carro de la distinción, pero que puede ser funcional. Esto sería posible por dos motivos, el primero que los medios pueden permitirse el lujo de adquirir equipos de RV. Sé que no todos, mismamente Antihype, mi lugar habitual, es un medio que cuenta con un presupuesto que nadie sabe dónde está; así que si nos hacemos con un equipo de RV será porque alguien lo ha comprado o porque alguna empresa ha tenido la generosidad de donarlo; de otra forma va a ser imposible. Un medio, por tanto, podría hacerse con todos los dispositivos de RV y sortear la dificultad monetaria que al usuario medio le resulta insalvable. Un gasto de entre 2000 y 3000 euros no está al alcance de cualquiera, y creo que estoy tirando por lo bajo. Así, los medios recuperan cierta parcela gracias a que esa confusión de que lo bueno lega en forma de aparato caro del que no todo el mundo puede hacerse con uno.

La otra cuestión por lo que la prensa puede salir de las cuerdas donde la realidad le quiere meter es convirtiéndose en intermediarios de rigor entre la experiencia y los usuarios. ¿Cómo vamos a comentar la RV cuyas propiedades sensoriales van a ser determinantes? Da igual, lo importante es que la prensa puede formar parte de ese selecto club del mundo virtual que puede dar constancia de la intangible, de la experiencia del videojuego de RV en sí y que ninguna forma de representación va saber captar plenamente. Lo dicho, la RV es la nueva comida de diseño; lo que sugeriría es que la prensa no caiga en vender el producto como en la mística de El Bulli. En otras palabras, no seamos partícipes de una necesidad creada sobre algo que ni siquiera sabemos si va a funcionar o va a tener una continuidad en el tiempo.

Desconocemos si la RV viene ya a quedarse o será Bienvenido Mr. Marshall.

Referencias:


  1. Bourdieu, P. (2006) La Distinción. Madrid: Taurus
  2. Cabe destacar que ni yo ni Bourdieu pretendían dividir solo entre élites, sino que consideraba que cada dinámica de grupo social tiene su habitus, lo que implica poseer ciertos capitales que te distinguen de otros grupos.
  3. http://minchinela.com/repronto/2009/12/01/capitulo-28-a-pedir-de-boca/ aunque les recomiendo también http://minchinela.com/repronto/2010/03/15/capitulo-34-alta-y-baja-cultura/
    y http://minchinela.com/repronto/2009/01/15/capitulo-17-“escala-de-valores”/
  4. http://antihype.es/2016/01/18/el-mito-de-la-objetividad-1-de-2/
  5. Bourdieu, P. (2003) Sobre la televisión. Barcelona: Anagrama
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Alberto Murcia

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Alberto Murcia (1979) es doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III y parado de larga duración. Además de sus publicaciones académicas ha escrito y dirigido varios cortometrajes entre los que se incluyen ‘Killing Rasputin’, ‘Ritmo & Furia’ y ‘La Luz del Mundo’. Escribe regularmente para Antihype, Anaitgames, Irispress,  El Estado Mental y Deus Ex Machina. Mantiene su blog mottainai2.blogspot.com desde el 2011. Twitter @donniedarko01

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