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La conversión al laicismo de Robinson Crusoe

2016-11-28
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El mito de Robinson Crusoe nos cayó del cielo mediante la novela de Daniel Defoe. El primer Robinson Crusoe sale en el 1719. Si uno lo piensa bien esta novela debió escribirse cincuenta años después cuando el telar de Jospeh Marie Jacquard se acababa de patentar. Ese telar mecánico iba a ser una de las piezas fundamentales en la I Revolución Industrial, la que se sitúa más o menos por el 1830. Y es que en Dafoe está una idea que será clave durante las Revoluciones sociales e industriales por venir durante los siglos XVIII y XIX: el poder emancipatorio de la tecnología.

No se trata aquí de alucinar con estos “visionarios”: siempre se dice de Julio Verne que fue un adelantado, cuando el mérito de Verne  estuvo más que en su capacidad prospectiva  en conocer las hipótesis científicas de una época fértil en cuanto a nuevas perspectivas en el campo de la física. El caso de Defoe es, según lo percibo, similar: fue capaz de leer los cambios profundos que se estaban dando en la sociedad (él era de la minoría cristiana en Reino Unido) y plasmar una novela sobre el autocultivo de la virtud en entornos donde se nos priva del contacto con nuestros semejantes. Con Defoe podríamos llegar a pensar que una persona podría vivir por su cuenta sin gente alrededor, pues para eso está la figura de Dios.

Que no se olvide: el libro que Robinson lleva y que sobrevive al naufragio es La Biblia. “Robinson es como un nuevo Adán, extraño en el paraíso. Y su viaje expresa la realidad de una vida solitaria, en que peregrino de sí mismo, un día se encuentra a Dios al abrir la Biblia,” dicen en Entrelineas. Es un self-made man pero de la religiosidad, algo que llevaba pasando en el cristianismo desde que Pablo de Tarso se cayó del caballo y que tiene demasiados continuadores, entre los que se encuentra el pecador arrepentido y filósofo Agustín de Hipona.

Dice Robinson Crusoe: “Había abierto [La Biblia] al azar y las primeras palabras que hallé fueron estas: Invócame en el día de tu aflicción y yo te salvaré y tú me glorificarás…¿Puede Dios servir una mesa en el desierto? Y así comencé a decir: «¿Puede Dios sacarme de este lugar?» Y como no habría de tener ninguna esperanza en muchos años, varias veces me hice esta pregunta…. antes de acostarme, hice algo que no había hecho en toda mi vida: me arrodillé y le rogué a Dios que cumpliera su promesa y me salvara si yo acudía a él en el día de mi aflicción… Una mañana que me sentía muy triste, abrí la Biblia y encontré estas palabras: Nunca jamás te dejaré ni te abandonaré”.

Robinson, en la más terrible adversidad, solo se ve reconfortado por la seguridad de que un ser superior vela por él en tanto en cuanto cultive su alma en la adecuada dirección, esto es, la adoración y aceptación de que todo mal es solo una obstáculo para fortalecer la Fe en el Salvador. Resulta irónico, después de esto, que el mito de Robinson se haya convertido en algo más parecido a Prometeo que a la iluminación de Pablo de Tarso.

The Martian, la última (al menos a día de hoy) versión del naufrago, es una oda cuyas fuentes son las mismas de Robinson pero con un sabor bien diferente. La formula que utiliza Matt Damon, el astronauta perdido en Marte, para sembrar patatas viene a decirnos que se puede cultivar el espíritu, sí, pero lo que te va a sacar de la isla es la ciencia. Robinson es ahora un mito sobre la imposición de nuestra voluntad tecnológica sobre el medio: nuestra supervivencia está en las manos de nuestros sabios y no en las de entes divinos que miran por nosotros. Robinson Crusoe es un mito religioso reconvertido al secularismo por la ci-fi. Por eso su entorno natural hubiese sido la revolución industrial. Sea como fuese desde que Robinson se convirtió al laicismo todos sabemos que es la tecnología la que te saca de la isla y no los rezos a deshoras.

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Saber cómo encender un fuego, levantar un refugio a tiempo, cuándo va a llover, cómo coser, qué frutos son comestibles o cómo protegerse de un oso, son conocimientos íntimamente relacionados con la ciencia. Es cierto que tienen mucho que ver con eso que se llama “conocimiento del medio”, que es una forma de saber no institucionalizada y “popular”: sabes cómo son las cosas porque vienes en su entorno. Sin embargo, la ciencia nos ofrece un salto superior: no solo sabes cómo es tu entorno sino que eres capaz de domeñar uno que no lo sea mediante la técnica y la tecnología. Además la ciencia garantiza (hasta cierto punto, claro) saber porque las cosas son como son. Si te dan a elegir entre llevar La Biblia o un libro sobre cuándo y cómo es más adecuado cultivar, la elección se nos presenta como inevitable si quieres salvar tu cuerpo. En el tema del alma prefiero no entrar.

Robinson The Journey es, en este sentido, como The Martian o Cast Away de Tom Hanks: el triunfo de la voluntad guiada por el conocimiento. Por ejemplo: el Infotarium, una especie de enciclopedia que el personaje de Robin, el niño varado en el planeta pseudo-jurásico del juego, es donde va “escribiendo” conforme escanea a los animales que encuentra –lo mismo que en No Man’s Sky pero mucho más satisfactorio. Almacenar el conocimiento es algo incuestionable como forma de supervivencia. No solo es una cosa para ti sino que sabemos que el resto de la humanidad depende de lo que vayamos descubriendo. Otro ejemplo: el espacio vital que se ha construido para evitar a los depredadores depende de la tecnología de la nave arca en la que viajaba: sin esa herencia cultural el niño hubiese muerto.
Hay otros triunfos tecnológicos menos evidentes. La compañera de viaje de Robin (su Viernes) es un dinosaurio al que llama Laika (como la pobre perrita que mandaron al espacio pero que para los hispanoparlantes suena a “laica”, de ahí el nombre del programa de TV Órbita Laika). Laika es, de nuevo, el triunfo de nuestras habilidades adaptativas del medio gracias a la técnica: domesticar animales. De hecho, el mayor triunfo es ver cómo animales que nos cazaban fueron convertidos en nuestros mejores amigos y compañeros. Esas relaciones simbióticas que tan bien nos han venido. Por cierto, si alguien se pregunta por qué los perritos y los gatitos son tan monos la respuesta es porque fuimos matando a los feos hasta que solo quedaron los guapos. No solo necesitábamos que fuesen funcionales sino que resultasen estéticamente atrayentes. Pero esta es otra historia de la que ya no nos acordamos.
Si hay otra cuestión que ha aguantado al mito de Robinson aunque sea de manera difusa y muy por debajo de la superficie es la siguiente: bien, podemos sobrevivir gracias a la tecnología, pero ¿cuánto tiempo podrá vivir un animal cuya arquitectura biológica es enteramente social, como sucede con la mayor parte de los homínidos, en total soledad sin volverse loco? Robinson tiene a Viernes, con el que se comunica de mala manera; Tom Hanks se inventa a Wilson con la pelota de Vóley; Matt Damon tiene el Vlog (preciosa metáfora de cómo en nuestro presente nos comunicamos con lo real incluso en la más cruda de las soledades). Robin tiene al robot que es una mezcla entre la pelota de Tom Hanks, el clip de Word y un tutor pesado: es el mecanismo que le evita la locura.

 

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Robinson Crusoe no solo tiraba de Viernes para evitar perder el juicio sino que buscó en Dios alguien que le escuchase. Pero los humanos no solo necesitamos creer que se nos está oyendo sino alguien que asienta con la cabeza, esto es, asegurarnos que nos están escuchando. Y después necesitamos una respuesta (esto de mover la cabeza asintiendo a quien nos hablar es un feedback más que necesario para mantener el pacto comunicativo, que diría Jakobson). No se trata solo de un problema espiritual, como nos hace pensar Defoe, se trata de nuestra misma naturaleza: no podemos sobrevivir en soledad. En realidad pocos mamíferos pueden sobrevivir en soledad, pero en el caso de los homínidos sociales es casi imposible. Si alguien piensa que vivir en tu propia casa solo significa vivir fuera de la sociedad que se lo piense dos veces y mire todo el ecosistema artificial que le rodea. Eso no es vivir solo, es ser parte de una historia, cultura, prácticas, normas conocimientos y fracasos del ser humano, el animal que ha sido capaz de modificar casi cualquier entorno en su propio beneficio. Ni siquiera Thoreau fue tan naif en esa cuestión; cuando se muda a Walden a vivir en soledad es consciente de su ejercicio de libertad radical siendo siempre consciente de que Boston estaba a tiro de piedra en caso de necesitar herramientas, comida o consuelo.

Mientras a que la gran pregunta sobre los procesos sociales humanos es ¿por qué cooperamos en lugar de ir cada uno tirando por su lado? el asunto relacionado con nuestra necesidad atávica de ser sociales como mecanismo de supervivencia está ampliamente aceptado. Si otros animales evolucionaron mediante garras para sobrevivir o extraños mecanismos de camuflae, nosotros transformamos enseñar los dientes (como forma de representar que somos amenazadores) en la sonrisa, una especie de búsqueda de reconocimiento y complicidad con los otros humanos que, tal vez, comenzó como un signo de sumisión. Si no fuésemos “sociales” como el resto de homínidos, no necesitaríamos ni la mitad de los músculos que tenemos en la cara. Mi hipótesis es que si te quedas fuera de la sociedad acabas por volverte loco. O eso o montas tu propia ciudad con otros outcast como hizo el amigo Caín, condenado por Dios a ser asocial y a vivir extramuros.
Robin mantiene a su pequeña familia de dinosaurio-perro y eye in the sky-robot-figura paterna no solo porque sean útiles para su supervivencia y que no se lo coma un velociraptor, sino porque su cordura depende de ello. De hecho, todo el juego busca encajar la narrativa de una aventura gráfica, un tanto pobre por otro lado, con la idea de fondo de que no puede haber mayor esperanza cuando estás en la soledad y la desesperación que saber que existe la posibilidad de volver con los tuyos. Ya no tú familia o amigos o conocidos, sino con el único ser en toda la galaxia con los que te entiendes (aunque sea muchas veces mal) y que comparte tus mismos terrores y necesidades. El hombre será un lobo para el hombre, pero el lobo no le va a importar un carajo lo que seas si tiene hambre (al igual que al hombre le va a dar igual el lobo si tiene que comer, al menos en estas circunstancias de necesidad).

Estamos condenados a vivir juntos. Si el Infierno son los otros, debe ser mucho peor el Infierno en el que ni siquiera haya otros como tu. Mientras tanto Robinson the Journey, como toda reconversión laica del mito de Defoe, nos recuerda que la única forma de sobrevivir a la soledad es la tecnología mientras que para sobrellevar la locura necesitamos a los otros humanos. Pese a todas las reticencias, lógicas por otra parte, que se le tienen a los software que permiten la conectividad entre personas, esos programas son lo más parecido a sentir que no se te escurre la locura por los dedos y, a la vez, conectado al resto de los seres humanos. En nuestro presente, al menos en las sociedades que se definen a sí mismas como desarrolladas, es imposible estar solo.

 
 

“Otra cosa es sentirse solo. Ahí, a lo mejor, la tecnología poco tiene que decir”

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Alberto Murcia

12 entradas como autor
Alberto Murcia (1979) es doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III y parado de larga duración. Además de sus publicaciones académicas ha escrito y dirigido varios cortometrajes entre los que se incluyen ‘Killing Rasputin’, ‘Ritmo & Furia’ y ‘La Luz del Mundo’. Escribe regularmente para Antihype, Anaitgames, Irispress,  El Estado Mental y Deus Ex Machina. Mantiene su blog mottainai2.blogspot.com desde el 2011. Twitter @donniedarko01

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