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Teoría musical

2013-12-04
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Esta semana vamos a continuar explicando por qué es necesario conocer teoría musical, pensando en introducir a aquellos profanos en la materia que ven todo lo relacionado con aprender música con reticencia, como un cuerpo cerrado y altamente encriptado de conocimientos que más que ayudar a introducirse en la música, lo dificulta, pues parece como si ralentizase ese impulso y curiosidad inicial.

Todo ese cuerpo de conocimiento no sólo es recomendable, si no vital, pero la clave reside en saber situarlo dentro del proceso compositivo y de las preferencias personales de cada uno, como respuestas a preguntas que aún no tienes pero que seguro tendrás más adelante, como un conjunto de recursos y conocimientos a tu entera disposición, de expresiones y tecnicismos que cuando los comprendes te das cuenta de que hacen referencia a sentimientos y sonoridades que dejan en tus manos usarlos a tu antojo. Porque aprender teoría musical debe servir para saber qué tocas pero nunca para saber solamente cómo hacerlo, si no, mal vamos.

Conviene recordar que los conceptos musicales que se explicarán en siguientes artículos no se abordan desde el punto de vista académico tradicional, pues para eso existe un cuerpo de conocimiento bestial al alcance del lector, sino como un decálogo de cómo debe encajarse emocionalmente todo ese vasto conocimiento que está ahí fuera esperando, para cuando el lector quiera dar el salto y lanzarse a aprenderlo.

Podrá parecerle al lector, por tanto, que aquí se evita abordar de lleno la materia musical propiamente dicha, pero al igual que el maestro Miyagui cuando mandaba encerar el coche a Daniel San en Karate Kid (íd.;John G. Avildsen, 1984) , créame cuando le digo que más importante es librarse de tensiones y prejuicios innecesarios que añaden inconscientemente tensión, al tiempo frustración y finalmente abandono, o en el mejor de los casos, volver atrás para corregir malos hábitos con la consiguiente pérdida de tiempo. Una vez más hablaré de mis “obviedades subjetivas” basadas en mi humilde experiencia.

En primer lugar, borre el lector de su mente el concepto de “bueno” o “malo”. La música trata de infinitas combinaciones de sonoridades, muchas tan ancladas en el colectivo que se aceptan erróneamente como lo correcto e inamovible. Pero todo lo que hoy está establecido y aceptado en algún momento tuvo que ser transgresor. Siendo así, no está de más conocer tanto el tronco del árbol como las miles de ramas que lo forman, a simple vista iguales, pero todas únicas entre sí.

En segundo lugar, la constancia es una virtud esencial en la música, y quien no la posea deberá aprender a cultivarla. Puede sonar a consejo manido pero es así, aprender música es una carrera de fondo y de por vida para aquel que la sienta de verdad, en donde a veces conviene bajar el ritmo para asimilar, quizá durante años, unos conceptos básicos para luego seguir aprendiendo otros más complejos. No se confunda el lector, es sano y recomendable dejarse llevar y tocar sin pensar muchas veces, sólo sintiendo, lo que aquí insisto es en la necesidad de saber situar todo en su contexto para poder dirigir ese sentimiento hacia un propósito, el que uno decida.

En tercer lugar, es necesario encontrar un balance entre el crecimiento vertical y el horizontal, entre conocer sólo una de las asignaturas con matrícula o saber cuándo irse hacia otras materias, en principio no tan llamativas, pero interconectadas y necesarias entre sí para crecer como músico. Porque de nada sirve ser el guitarrista más rápido del mundo si no sientes cada una de las notas que tocas, pero si las sientes, bienvenido sea tocar rápido y allá el que no entienda eso como algo bueno, muchas veces para justificar precisamente sus carencias en esa habilidad.

En cuarto lugar (y esta habilidad emerge irremediablemente con el tiempo) es vital desarrollar oído musical para saber extrapolar la música en su sentido más esencial del estilo musical que la ejecuta. Pongamos por ejemplo el estilo chiptune. Para el que escribe estas líneas, durante sus años de infancia tenía que resignarse a disfrutar de esa música en soledad, pues era objeto de burla entre sus compañeros de colegio cuando defendía que musicalmente eran temas muy buenos, pues injustamente se asociaba “producción musical” con “calidad musical”.

¿Cuántas veces nos hemos sorprendido descubriendo que de repente nos gustan canciones que antes  odiábamos? Créame el lector cuando le digo que ese sentimiento se desarrolla exponencialmente cuando se aprende música.

En último lugar (por hoy), el mejor consejo que puedo dar es el más sencillo de todos: Disfruta. En la película Profesor Holland (Mr. Holland’s Opus; Stephen Herek, 1995), Richard Dreyfuss interpreta a un profesor de música al que entre otras muchas cosas que le suceden, enseña esta lección a una alumna estresada por no saber tocar una pieza a la perfección. La alumna arrastraba mucha presión debido a las expectativas que tenía su familia de ella y eso le dificultaba ver lo esencial. Y se lo dice uno que a los 10 años fue al conservatorio y sólo duró 2 meses.

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