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Zelda: Breath of The Wild, un sandbox llamado Hyrule

2017-06-19
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Tengo la oportunidad con Zehn Games de poder decir, por fin, lo que pienso sobre The Legend of Zelda: Breath of the Wild (Nintendo EPD / Monolith Soft, 2017). La obra de Aonuma me ha dejado más fría de lo que esperaba. No soy el público que busca: tiro más de PlayStation que de las consolas de Nintendo y nunca he sido fan de nuestro amigo Link. Sin embargo, me vendieron la nueva Switch a golpe de vídeos, tráileres, y demás detalles que se iban conociendo a cuentagotas como toda novedad videojueguil.

 

Atención forastero, antes de que continúes debes saber que este texto contiene spoilers. ¡Quedas avisado!

He pasado una época de serio estrés. Movida por los pocos minutos que me dejaban los papeles (y la vida en general), he tenido que dedicarle el poco tiempo que he podido a este nuevo título. Y creo que las 60 horas invertidas no me han resultado demasiado gratas. Recuerdo una expresión de Xavi Robles, una de las cabezas pensantes de Eurogamer España, que decía que había juegos que hacían “picar la mina”. Títulos dedicados a la pura y estricta rutina. La misma que nos rodea cuando tenemos que ir y venir de trabajos, bibliotecas, universidades, etc. Una que no queremos repetir.

No obstante, la mano artística de Aonuma nos hace ver en ésta una oportunidad para resarcirnos.

Qué sería de nosotros si en vez de ver una mesa rodeada de sillas y ordenadores viéramos los magníficos parajes de un Hyrule, que cien años después del cataclismo sigue brillando. Voy a ser sincera: los sandbox me encantan, pero éste no ha sido el mejor que he catado. Me ha parecido que ha puesto el peso excesivamente en lo estrictamente rutinario. En el “ve a los 100 santuarios y consígueme los puntos de resistencia/vitalidad de esta forma”. Porque no hay otra manera. Bueno sí, pero te recomiendo que leas esto cuando hayas terminado el juego: por cada muerte de bestia consigues un corazón más. Pero ya está.

Estos santuarios son una pieza clave de esa maldita repetición. Clónicos y sin sustancia, algunos puzles (los que eran dentro y no fuera) han resultado una buena manera de comerme la cabeza. He visto esfuerzo en esas pequeñas cosas, como en la parte de las Gerudo, que me parece la mejor hecha. Pero todo se vuelve a quitar para hacer los puzles por fuera, dejándolos sin misterio y vacíos.

Consiste en picar y picar. Como si de Minecraft se tratara nos encontramos con una magnífica rutina, pero rutina al fin y al cabo. ¿Me he aburrido con Zelda? Sí. Me he encontrado suspirando, ignorando mi Nintendo Switch hasta diez o quince días. Si mis apuntes sobre Patrimonio, Bibliotecas, Archivos y Administraciones Públicas me parecen más atrayentes, entonces hay un problema.

Continuemos con esa historia, cortada en trocitos exactos los unos a los otros; puro relleno narrativo. No es sino, cuando salimos de estos recuerdos (aquellos que de sorpresa nos pilla después o antes de una bestia) los que considero verdaderos “trozos” de la historia. He leído y oído que esta estrategia de contar la historia desde un principio “toma, ahí lo tienes, solo tienes que ir a por ella” era una forma muy arriesgada de afrontar esta parte del juego. A mí también me ha parecido arriesgada, pero en negativo. No va a haber sorpresas porque todo ya está desde el principio ahí. Te vas a Youtube, descubres como llegar a las 12 localizaciones y no hay más misterio. Eso me quitó enteros también desde el principio. Me hace sentir que no hubo mucho esfuerzo a la hora de plantear el juego. ¡Que se lo curre como buenamente pueda el jugador! Puedes ser un trampero (que no trapero) y hacerlo todo en cinco minutos… o desesperarte como moi y buscar en la guía cuando no encuentres las localizaciones ni queriendo después de cuarenta y cinco horas.

Y sé que me vais a decir…¡si eran muy fáciles! ¡si se encontraban con solo echarte cuatro paseos! Pues qué se le va a hacer… seré torpe y tuve que tirar de página gorda, que para eso cuesta treinta euros la guía y para algo habrá que aprovecharla.

No todo va a ser hate. El juego también tiene su “click”. No fue en los trozos de la historia sino en uno de esos planos de “ahí te quedas Link” con lo que te hemos contado, en el suelo (casi medio flotando) por lo que sabemos, cuando me emocioné con el juego.

Ese “volveremos a vernos” te hace recordar el objetivo de este título: volver a ver a Zelda. Y no tanto rescatarla, porque sabemos que ella puede con todo. Solo necesitamos ayudarla para que pueda verlo por sí misma.

Una crisis de poder más que de identidad que no solemos ver en ningún título. Seamos francos: a pesar de que la historia es lo que es, no tiene la culpa. No tenemos la culpa de que hayan decidido dejar un cliffhanger a lo The Walking Dead (Frank Darabont,2010) para darnos más en Navidades.

Pero resulta un pelín injusto cuando mejor estaba cocinado el juego, antes nos deja para muchos meses más.

Disfruté de las cocinas de Zelda, de las secundarias, de las heroicas, de algunos diálogos, y sobre todo de sentir volar y una y otra vez mi arma cual mujer del anuncio de 1984 donde Steve Jobs proclamó su primer Mac. Si aquel enero nos dejó con ese invento, Aonuma nos ha dejado con un legado que parece proclamar “Repetiré” porque reside en esa repetición su propia experiencia. Una que nos hace hacer y deshacer, montar y desmontar, recolectar y cocinar, hablar y recibir una recompensa, apagar y encender. Zelda ha experimentado los sandbox de los últimos diez años. Las torres a lo Assassin’s Creed (Ubisoft, 2007-2015) (por mucho que me digan que no), el minimapa con la centralidad del protagonista a lo Grand Theft Auto (Rockstar Games, 1997-2013) en una versión edulcorada de esta saga, y las correrías fantasiosas de The Witcher (CD Projekt RED STUDIO 2007-2015) y The Elder Scrolls V: Skyrim (Bethesda Game Studios, 2011). Nos ha manejado con lo mejor, nos ha recompensado con un gran premio. Pena que su propia estructura no logre una atracción más duradera sino del producto de “lo ya visto” que sin embargo, no puedo dejar de pensar cuando llevo unos días sin jugarlo.

El “je ne sais quoi” que aún no he descifrado pero que ronda por ahí como un recuerdo perdido, que parece gritar a todo pulmón: Nunca pierdas la esperanza.

 

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