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Mi padre hace videojuegos

2013-09-20
1 comentario

Hoy me vais a permitir escribir una carta. Una carta para aquellos que acaban de llegar o, mejor dicho, para aquellos que van a llegar próximamente. Espero que nadie se asuste si se me escapa algún píxel o un mando poco ergonómico que hace daño en sus delicados dedos. Porque así fue como mucho de nosotros empezamos en esto, dejándonos los ojos y el físico por disfrutar de las aventuras que unos extraños aparatos nos ofrecían a través de una pantalla.

Hace mucho tiempo, en una España muy lejana, los niños nacíamos sin estar rodeados de videoconsolas. Sí, parece ficción pero no lo es. Pasábamos las horas jugando en la calle y éramos muy felices. En aquellos días era raro tener una “maquinita” en casa, pero aún así había afortunados que la tenían y yo…no era uno de ellos pero mi vecino sí. Así que ¿Dónde pasé la mayor parte de mi infancia? Exacto, en casa de mi vecino.

El muchacho en cuestión tenía un AMSTRAD con sus teclas de colores, sus cintas y sus fantásticos ruidos cada vez que leía un juego. Esto para mi era el no va más, no existía nada mejor que pasar las horas esperando a que se cargase el cartucho para poder jugar hasta que mi madre me reclamase de vuelta a casa. En una de esas, cuando volví a casa, mis padres me esperaban con una sorpresa. Había llegado a casa SEGA Master System II y era toda para mí. Ya no tenía que hacer aquel viaje por el descansillo hasta la puerta de mi vecino, sino que ahora tenía la diversión en mi propia habitación. El recuerdo entrañable de las tardes delante de un televisor de catorce pulgadas jamás va a desaparecer de mi cabeza. Por allí fueron pasando un sinfín de títulos pero creo que el que más quemé fue Alex Kidd in Miracle World (íd.; SEGA, 1986) , por aquello de no tener que meter cartucho alguno para jugar.

Recuerdo vagamente partidas con mi primo en su NES y más experiencias que tuve con los aparatos que SEGA iba desembarcando en nuestro país (Megadrive o Game Gear). Todo llegó a su cima cuando apareció en mi vida el primer ordenador, un 386 heredado de un amigo de mi padre. Eso sí que eran gráficos, eso sí que era jugar a un videojuego. Recuerdo tener Wolfenstein 3D (íd.; id Software, 1992) en un disquete de 3,5” y alucinar en cada partida.

Fueron pasando los días, las semanas, los meses, los años y nos hicimos mayores. Desaparecieron los disquetes de 5,25” y un poco más tarde también los de 3,5”. Irrumpieron con fuerza unos discos plateados que aún a día de hoy hay quien no sabe pronunciar correctamente su nombre. Después le acompañaron otros con la misma forma pero con diferente nombre por aquello de que tenían otra función y otra capacidad. La industria crecía al mismo ritmo que lo hacíamos nosotros y aunque todo eran avances, también había algún que otro rastro de acné juvenil que afeaba el rostro.

Montados en ese tren de alta velocidad llegamos hasta el día de hoy. Muchos de nosotros, aquellos niños que empezamos destrozando nuestra vista con unos gráficos prehistóricos, hemos traspasado la barrera del jugador para convertirnos también en programadores, guionistas, periodistas, críticos y un sinfín de cosas alrededor de esta, aún joven, industria. Atrás quedaron muchas conversaciones con nuestros padres en las que no entendía qué es lo que queríamos hacer. Muchas discusiones en las que sólo se reforzaba más nuestra elección ante la incredulidad de nuestros progenitores. Y es que allí donde unos sólo son capaces de ver una máquina ruidosa llena de “muñequitos” de colores, nosotros vemos una manera de contar historias. Una manera de transmitir sensaciones y experiencias, una manera de llegar a la gente.

El videojuego hizo que tuviera un amigo con el que compartir todas las tardes en mi infancia. Hizo especial cada partida, cada momento, cada victoria y cada derrota. Me enseñó que los problemas a veces se enfrentan mejor entre dos jugadores. Consiguió que me esforzara en salvar cada escollo una y otra vez hasta que al final lo consiguiese. Jamás me aisló del resto de mis amigos porque siempre sabía amoldarse a lo que todos queríamos. El videojuego me acompañó, me acompaña y me acompañará sin ningún complejo.

El pensamiento de que el videojuego no es más que un entretenimiento para niños pequeños ha quedado tan obsoleto como PONG (íd.; Atari, 1972). Un universo de posibilidades se abre ante nuestros ojos y estamos preparados para disfrutarlo y explorarlo. Una galaxia de nuevas propuestas, nuevas capacidades, nuevos elementos de interacción entre los usuarios. Un mundo que aún está muy vivo y al que le queda mucho por crecer.

Es por eso que esta carta también podrás dársela un día a tu hijo diciéndole que tu padre se dedicaba a hacer videojuegos, porque allí donde unos sólo vieron un instrumento de diversión infantil nosotros fuimos capaces de ver más allá.

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  • Imagen de perfil de AC_OjedaAC_Ojeda
    Participante
    #36011

    Hoy me vais a permitir escribir una carta. Una carta para aquellos que acaban de llegar o, mejor dicho, para aquellos que van a llegar próximamente. E
    Lee el artículo completo en http://www.zehngames.com/articulos/opinion/mi-padre-hace-videojuegos/

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    #36012

    Clap clap clap!

    En mi caso… me temo que empecé mucho después pero las sensaciones que me transmiten los recuerdos son las mismas; inolvidables tardes jugando al Croc y al Crash de Playstation…

    Obviamente, todavía resuena en mi cabeza el: herculízate!

    También he pasado por el mismo proceso con mi familia, en el que tuve que hacerles entender que esto ya no era un juego para mi y que quería ganarme la vida con ello. En fin, que me siento muy identificado con el artículo aunque los juegos y los tiempos sean otros hoyga.

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