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La muerte del ritual: una aproximación a Shadow of the Colossus

2013-10-28
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Es increíble la facilidad con la que las grandes historias son capaces de reproducirse, de evocar nuevos mundos en las mentes de sus seguidores, sus amantes, y en las cabezas de esos amables parásitos que son los críticos de arte. Aunque solo me lo he pasado una vez, he tenido tiempo suficiente para dejar que estas ideas fermenten en mi vulgar cerebro para a continuación vomitarlas en formato píxel.

A modo de brevísima presentación, y para los que hayáis pasado los últimos 7 años viviendo en otro planeta, Shadow of the Colossus (Wanda to Kyozo; Team Ico, 2006) es un videojuego de acción/aventuras que narra la historia de Wander, un tipo que debe enfrentarse a 16 colosos más bien grandes con el fin de devolver a la vida a su amada. Aunque muchos lo consideran una precuela de Ico (id; Team Ico, 2002), lo cierto es que Shadow of the Colossus salió a la venta cuatro años después de la ópera prima de esta desarrolladora japonesa, liderada por Fumito Ueda, y comparte y desarrolla todos los rasgos que hicieron de Ico una videojuego de culto. La historia de Wander (en la lengua de Shakespeare, wanderer, “el que deambula”) se sitúa en la Tierra Prohibida, una paraje descomunal y desolador, habitado únicamente por las criaturas a las que debemos exterminar. Contextualizada la historia, y después de una sencilla introducción que nos lanza en pocos minutos a la acción, la mecánica del juego es siempre la misma. Buscar al coloso en cuestión, encontrar la manera de aprovechar sus puntos débiles y enviarlo al campo santo, tras lo cual reapareceremos en el punto de partida, preparados para emprender la tarea con el siguiente coloso. Dicho así, suena igual de divertido que un maratón de documentales sobre los hábitos reproductivos del escarabajo pelotero africano. Error. Jugad y juzgad por vosotros mismos. El caso es que por unas cosas y por otras, Shadow of the Colossus se presta a toda una serie de reflexiones intelectualoides que querréis leer embutidos en vuestro mejor atuendo de gamer-gafapasta y que, si todo va bien, os darán muchas ganas de volverlo a jugar – o en cualquier caso, de ir corriendo a conseguirlo.

 El silencio del mundo

 “El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte.”

 – O. Wilde, prefacio para El retrato de Dorian Gray

Si el mundo en el que se desarrollaba Ico era un espacio dedicado a una concepción inocente del amor hilada por dos personajes cuya relación se veía reducida a la mínima expresión – el acto de coger la mano del otro -, el escenario de Shadow of the Colossus es un océano de obsesión. Como ya hiciera Oliver Pérez Latorre en El Lenguaje Videolúdico, libro que gusto de citar por lo menos tres veces al día, la tarea repetitiva y desproporcionada de Wander puede compararse con la del capitán Ahab, enzarzado en una búsqueda sin fin hacia una quimera que le depara un final bastante trágico. Fumito Ueda se basó de nuevo en su idea del diseño sustractivo para crear un espacio de juego desolador, mínimo, que oprime al jugador a pesar de su libertad, tan real como ilusoria, haciéndolo sentir pequeño en todo momento. Es en este punto en el que, como ya hizo Latorre en su análisis del juego, (El Lenguaje Videolúdico. Análisis de la significación del videojuego; Óliver Pérez Latorre, 2012) cabe enlazar estos conceptos con el existencialismo de Albert Camus: “El mundo, ajeno a los interrogantes humanos, se vuelve de una densidad irrespirable, se nos ofrece extraño y sin sentido y esa sensación nos aboca a enfrentarnos a la muerte. Para un hombre, comprender el mundo es humanizarlo, reducirlo a lo humano” (Albert Camus (1913-1960); Marla Zárate, 1995). Wander no deja de ser un extranjero en una tierra extraña e inhóspita, y notamos la indiferencia del escenario en la forma de los propios colosos, que no solo parecen unirse naturalmente con el entorno -como Titanes-, sino que atacan al jugador solo cuando se les provoca. Unos colosos que, por otra parte, se alejan de los designios de la teratología contemporánea que afirman que “los monstruos nuevos, lejos de adaptarse a cualquier homologozación de las categorías de valor, las suspenden las anulan, las neutralizan” (La era neobarroca; Omar Calabrese, 1987). En cristiano: los monstruos modernos, los monstruos del cine a los que la mayoría estamos acostumbrados son informes. Se distinguen de los monstruos clásicos en que no son una suma de propiedades reconocibles. Basta tomar por ejemplo las criaturas de películas como La Cosa (The Thing; John Carpenter, 1982) o Alien, el octavo pasajero (Alien; Ridley Scott, 1979) para observar que la indeterminación es un factor importante en su aspecto. Los colosos a los que nos enfrentamos en el juego, por el contrario, siempre adoptan formas reconocibles, imitando la morfología de diferentes tipos de animales, incluido el hombre. Probablemente esta circunstancia ayude a que el jugador se de cuenta antes de que hay algo malo en lo que está haciendo. Por el contrario, Dormin, la misteriosa entidad divina que ha prometido devolver a nuestra amada a la vida si logramos derrotar a los colosos, representa exactamente el concepto tomado del libro de Calabrese: es pura indeterminación. Su imagen es la de una voz profunda y grave que no toma forma corpórea hasta el desenlace, y aún así, se trata de un cuerpo difuso, rozando lo etéreo.

Volviendo al pensamiento de Camus, “el absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo”. Es curioso que, en este teatro del vacío que es el mundo de Shadow of the Colossus, haya sido la luz del sol el medio elegido para guiar al jugador en su aventura.

Wander, el guerrero absurdo

“Toda la alegría silenciosa de Sísifo está ahí. Su destino le pertenece. Su roca es suya. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos […]. La lucha misma hacia las cimas basta para colmar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.”

 – A. Camus, El mito de Sísifo

Hay varias razones por las que Shadow of the Colossus puede considerarse un mito jugable. Comparte con los mitos clásicos griegos la función cosmológica de la narración -si creemos en la teoría de la precuela-, puesto que explicaría vagamente el origen de la maldición de los niños con cuernos que vemos en Ico. Del mismo modo, incluye la participación de personajes de carácter divino en la historia -el demonio Dormin-, y por supuesto cuenta con un trágico final para el protagonista. En consonancia con muchos personajes de la mitología clásica, Wander es el personaje que desafía al status quo desoyendo todo atisbo de sensatez para alcanzar un fin que atiende a su propio interés. De este modo, aunque al arrancar la historia el personaje principal se nos presenta como un héroe clásico con unas motivaciones bastante comunes, al avanzar la trama nos daremos cuenta de que las intenciones de Dormin no son para nada buenas, y de que nuestras propias acciones como jugador/héroe, son mucho más sombrías de lo que parecen. Al fin y al cabo, la misión exterminadora de Wander es la de un personaje que no se lamenta, que no siente remordimientos; es un guerrero absurdo, puesto que “un hombre absurdo es también el que conquista. Se arroja a la acción sin amargura, aún sabiendo que es inútil en sí misma”; recordamos a Wilde: “todo arte es inútil”. Rizando el rizo, podríamos decir que se asemeja a nosotros mismos, al jugador implícito en la acción,

“que anhela vivir una infinidad de vidas en la suya, pues su imperio es también el de lo efímero.”

(Albert Camus (1913-1960); Marla Zárate, 1995).

Wander es, ante todo, un rebelde. Quizá no un rebelde metafísico, pero un rebelde al fin y al cabo. Y su rebeldía es satánica, puesto que “elige el mal, nostálgico de un bien imposible, que Dios utiliza para designios injustos”. Es un héroe romántico, “que confunde bien y mal en pos de una fatalidad que excluye todo juicio de valor”.

Nota: Para todos los que quieran leer más sobre la condición existencialista de Shadow of the Colossus, se recomienda el citado libro de Óliver Pérez Latorre y concretamente el capítulo titulado “Shadow of the Colossus o Sísifo enamorado”.

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