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Thumper, muerte e ira visual

2016-12-09
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Escribir en estado febril es algo poco recomendable. De hecho, cualquier tipo de actividad con una fiebre de 39º es, cuanto menos, meterse en un fregado considerable. Lo único bueno (si es que podemos decir que esto sea algo bueno) de un estado febril potente es observar cómo el mundo se descompone en una amalgama sinsentido, cómo se interrumpe el flujo de lo que consideramos lo real por otro mucho más primario y subterráneo: aquel que tiene que ver con el dolor y la fenomenología de la fragilidad. Ese que se siente al verse impotente, al albur de que los sistemas de autodefensa funcionen contra la infección. Es entonces cuando la concha de quitina con la que nos rodeamos que se mantiene intacta en la salud, esa que nos hace olvidar lo que es el dolor cuando no lo sufrimos, se viene abajo y nos damos de bruces con la curva ascendente de la enfermedad.

Thump, thump, thump.

Thumper. Paradójicamente, lo mejor de Thumper, la obra maestra de Drool, se da cuando entramos en un estado febril, aunque sea uno bien distinto.

Mientras tenemos fiebre se levantan las paredes que nos aíslan de lo “de fuera”. El pensamiento se derrite. La lógica carece de importancia. En cambio, el estado febril de Thumper son de esos en los que el cuerpo (con su mente), el interface, el mando y el avatar se conectan como un flujo único de sentido, ritmo y furia. Una hiperalerta en la que el pensamiento consciente debe quedar a un lado o el flujo se romperá.

Flujo como el que Heidegger describió en Ser y Tiempo acerca de un carpintero. Cuando levanta su martillo el carpintero forma parte de un sistema carpintero-martillo, un solo ser situado en la existencia. No hay distinción entre sujeto y objeto, son fenómeno puro. El carpintero, como el músico, no puede parase a pensar qué está haciendo. La consciencia como pensamiento es inútil en ese tipo de circunstancias: detener el flujo con el pensamiento es romper la actividad. Es cómo tratar de ver dónde está la música. Es morir.

¡¿Dónde está?! ¿En la partitura? ¿En las ondas sonoras? No, la música no está en parte alguna, solo existe cuando se interpreta, al igual que nuestro pensamiento es sólo cuando se piensa. El carpintero-martillo son uno, no existe diferencia entre entes. El escarabajo de Thumper y yo somos uno, no hay diferencia, somos el mismo ente.

Muchos creen que la consciencia humana en forma de pensamiento es un logro de la evolución. Lo es hasta cierto punto: nos permite hacer cosas que otros seres no podrían conseguir jamás. Pero no hay que sobrevalorarla: cuando se hace consciente el pensamiento articulado este es inútil ante un oso que te persiga. Si te paras a pensar estás muerto. Interiorizar el habla es la vergüenza de los monos que salieron de la sabana hace 4.3 millones de años. Nos dice mientras escuchan el lejano ruido de un guepardo “Hablar, pensar, es morir”.

Thump, thump, thump.

Thumper es el éxtasis del ritmo de una pista de baile cuando llevas un rato en un flujo de coordinación de movimientos con el resto de la gente. Someterse a la tiranía de la música, que decía Adorno. El agobio de un espacio cerrado y dirigido desaparece porque el pensamiento se evapora. Solo queda la consciencia de lo que se siente. A veces ni eso: el bello entumecimiento de ser irresponsable.

Sí, Thumper es el flujo de la pérdida de reflexividad de una droga de hiperalerta. Thumper es molly. Thumper es hedonismo sinestésico. Es el goce de verse sumergido en un torrente de música, luces y roces. La amalgama de carne y movimiento del baile metamorfoseado en un escarabajo de metal cromado. Thumper es que te falten las palabras para describir un fenómeno. Es tener que crear un lenguaje nuevo, una crítica cultural adánica que restañe las deficiencias de la palabra escrita.

La realidad virtual pone en 11 el motor de Thumper. Sin RV el juego es bueno (de hecho es buenísimo), pero solo con la RV le sacamos todo el partido que puede dar. Es entrar directamente en el flujo que nos propone. Es dejarnos el pulgar con movimientos rítmicos (someterse a la violencia).

No, las palabras ahí carecen de sentido. Son vulgares e inútiles para describir el fenómeno. Hablar, pensar, es morir.

Thump, thump, thump.

Thumper, cuando uno lo ve piensa: “hacer videojuegos es fácil”. La diferencia entre un independiente y un calidad máxima está en un detalle tan sutil como que estos últimos utilizan a más gente para que las cosas sean más parecidas a la realidad. Si esto es hacer videojuegos, los videojuegos son fáciles.

¿Si?

No. Por supuesto que no. ¿Qué tontería es esa Alberto?

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Thumper no es fácil, es sencillo. Todo lo sencillo lleva un trabajo brutal detrás. Que parezca fácil es un subproducto de la sencillez. Los videojuegos que exigen la coordinación musical siempre parecen fáciles, solo tienes que ajustar un beat a un movimiento, click, thump, etc. Pero, ¿cómo puede ser fácil Crypt of The Necrodancer? Son endiabladamente complicados en su sencillez. Vuelta a la paradoja.

Thumper es sencillo: solo necesitas un botón y el stick izquierdo. En un sentido de economía del placer es casi perfecto, puedes sumergirte en el flujo de datos sin tener que estar atento a mil detalles. La combinación de tan pocos elementos a veces puede resultar repetitivo, pero para cuando quieras darte cuenta (o pensar que te estás repitiendo) te habrás estrellado contra un muro. Y de vuelta al flujo.
 
 

Thump, thump, thump.


Thumper, demuestra que la orgía de colores y música, una de algún loco que llenó el mundo de sonido y furia, una que podría estar en el un universo de Tron o ser el interior del monolito de 2001, también es videojuego. Aunque ahora tendamos a prestar atención a juegos más complejos en todos los aspectos, y, sobre todo, a aquellos que han tomado la narrativa cinematográfica por bandera, no nos olvidamos de que el videojuego es también esto: puro placer hedonista. Thumper es molly. Thumper es trap.

Cada curva, cada thump, cada salto, cada golpe, cada sostenido de sintetizador que se sincroniza con nuestra velocidad terminal, está sugiriendo que te dejes llevar con fuerza, que no pienses. Es placer puro.


 
 

Thump, thump, thump.

Y Thumper es violencia. Violencia rítmica, que dice Drool. El éxtasis en el que te mete tiene mucho de DOOM. Del género músical y del videojuego, sobre todo del videojuego. “Tocaré hasta que mis dedos sangren” decía la canción de Tahures Zurdos (ejemplo de lo que no es, precisamente, violencia rítmica). Aquí golpeas hasta que se te entumece el pulgar. Sarcarle la “S” a todos los niveles es un trabajo para un hércules tarado. La inutilidad de torturarte por la perfección cuando lo que quiere Thumper es que goces. Que goces y que cuando estés tranquilo al pecho de esa máquina diabólica te vaya a arrancar del placer para reventarte los sesos contra el suelo. Porque Thumper no quiere cobardes. Si te rindes al placer con concesiones, abandona toda esperanza. Porque Thumper también es odio.

Thumper es Beasty Boys tocando Sabotage en directo. Es una liberación tan profunda de la psique que hasta hace que me sienta mal. ¿Pegarle una paliza a Ken y Ryu juntos es agradable? Tal vez, no lo dudo. Pero también se supone que estás imponiendo tu voluntad sobre otros seres (sobre todo cuando compites PvP). Nada que objetar a ese razonamiento, pero no es del agua de la que bebo. Thumper, en cambio, apela a otra violencia, la de la propia frustración que se libera al no someterse al ritmo. Es la dinámica del esclavo que se levanta contra su amo. Es la lógica histórica del espíritu de Hegel.

También es la soberbia desmedida del que lanza referencias cultas para dignificar lo que unas líneas antes había comentado que no necesitaba justificarse: el placer por el placer. Sí, es culpa mía: es la mentalidad cristiana que me perfora el tímpano. La incapacidad de someterse al placer porque en el Toledo post guerra civil crearon un erial de pueblos estoicos. Porque soy hijo de esas personas que vivieron bajo la incapacidad de encontrar un sentido al placer más allá del deber.

Así Freud se me presenta en Thumper como la pulsión de mi liberación. Eros y Thanatos, juntos y revueltos. Pero la violencia de Thumper solo me deja ver el ritmo y la furia.

Al final, cuando mi corazón se detenga, cuando no quiera irme pero las luces se apaguen, cuando el flujo se pare, solo quedará el ritmo y la furia. No sentido, no pensamiento, no verdades, no promesas. Solo el fin de un mundo absurdo lleno de ruido pensado por un loco. Solo ritmo y furia

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Thump, thump, thump.

 
 

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Alberto Murcia

12 entradas como autor
Alberto Murcia (1979) es doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III y parado de larga duración. Además de sus publicaciones académicas ha escrito y dirigido varios cortometrajes entre los que se incluyen ‘Killing Rasputin’, ‘Ritmo & Furia’ y ‘La Luz del Mundo’. Escribe regularmente para Antihype, Anaitgames, Irispress,  El Estado Mental y Deus Ex Machina. Mantiene su blog mottainai2.blogspot.com desde el 2011. Twitter @donniedarko01

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