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Console Wars: Sega, Nintendo y la batalla que definió a una generación

2017-09-18
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La industria del videojuego vivió, hace no tanto, una guerra entre dos bandos. Era un tiempo de decisiones inexorables y vinculantes, de las que definen a uno mismo por el resto de sus días. Elegir constituía una apuesta, una muestra de la forma de ser. Cuando llegó el momento, antes o después, todos se posicionaron y mostraron su amor por unos colores. Decía Eduardo Galeano, sempiterno escritor uruguayo, que «en la vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no de equipo de fútbol». Durante la década de los 90 (y en el fondo para siempre), uno no podía cambiar de compañía de videojuegos. Sega y Nintendo batallaron durante más de un lustro en una lid que todavía retumba. Hace 25 años, las decisiones de compra eran contratos de personalidad inquebrantables cuyo dilema inherente trascendía lo cromático. No solo era escoger entre rojo o azul, sino entre Mario o Sonic; Mega Drive o SNES; Sega o Nintendo.
El sector videolúdico gozó de cada cañonazo en forma de exclusivo y de cada puñalada en forma de anuncio. Todo valía. Era una carrera ludoficcional, tecnológica y marketiniana en la que subirse al segundo escalafón del podio era descender al ardiente infierno. La mayoría de avances de los que hoy disfrutamos no se entenderían sin la rivalidad entre Sega, atrevida y tenaz, y Nintendo, original y paciente. Y, hasta la fecha, no hay mejor documento sobre aquella contienda que Console Wars (Blake J. Harris, 2014). La obra del escritor estadounidense, editada en España por Héroes de Papel y traducida por Fernando Rodríguez Álvarez, retrata hasta el más nimio detalle sobre la rivalidad entre Sega y Nintendo en un ejercicio periodístico brillante. Harris entrevistó a más de doscientos antiguos empleados de ambas empresas en pos de una verdad coherente, así como a decenas de otros individuos vinculados con la industria. El autor de Console Wars pasó tres años consultando a Tom Kalinske, líder de la mejor Sega de todos los tiempos. Como fruto, su obra resulta en una labor de contrastación magistral y una lección tangible de cuál es el potencial del periodismo de videojuegos. Porque, ante todo, Console Wars es periodismo. Uno tan excelso que bien merece encuadernarse, mimado en cada página y redactado desde el corazón de alguien que aprecia esta industria.
Cada milímetro de la celulosa que compone sus más de quinientas páginas no se entiende sin una tarea hercúlea de verificación. En las grandes pugnas, los bandos relatan su versión, pero es el periodista quien debe hallar la explicación veraz sumergiéndose en un océano de hojas y grabaciones. Nintendo siempre defenderá el buen hacer, la paciencia y el respeto por el consumidor, como también atacará la agresividad y las pullas constantes de Sega. Al mismo tiempo, los padres de Sonic se enorgullecerán de su audacia y su papel trascendental para con la evolución del medio, mientras que arremeterán a la Gran N por aburrida e infantil. Por suerte para los lectores, Blake J. Harris buceó hábilmente hasta emerger, tesoro impreso en mano. Como en cualquier refriega, es vital aprender de los errores del pasado para no cometerlos en el futuro. Que la Historia se considere cíclica es la prueba irrefutable de que el ser humano no tiende a reflexionar acerca del ayer. Para remediarlo, al menos en lo que concierne al videojuego, Console Wars se erige como un tratado valiosísimo sobre la contienda más importante de la Historia de la ludoficción. Pese a que las lecturas académicas sobre el medio abundan cada día más, no hay demasiado material sobre la Historia del mismo. Por eso mismo, pasarán los años y Console Wars siempre será un texto ilustrador al que volver.

Blake J. Harris narra una aventura de seis años que empieza y termina en Hawái. Entre 1990 y 1996, la Sega de Tom Kalinske pasó de ser una empresa de videojuegos más, casi anecdótica, a liderar el mercado norteamericano. Arrebatar la corona a Nintendo pasó por una contienda eminentemente marketiniana y sentimental. Kalinske apeló a las emociones basándose en su experiencia en otra fábrica de sueños: Mattel. Creó a la Barbie pluriempleada y al heroico He-Man primero, revolucionó la industria a la velocidad de un erizo azul después. Cuando él llegó a la filial norteamericana, cuyo puesto como dirigente aceptó en un arrebato playero a petición de Hayao Nakayama, Sega no era más que una piedra encasquillada en la suela del zapato de Nintendo. Pese al buen hacer de Sega en el terreno de los juguetes electrónicos y las recreativas durante los años 60 y 70, la empresa se disputaba un hueco en el 10 % de cuota de mercado que, cual ávido comensal, dejaba. Nintendo coqueteaba con la eternidad en el imaginario colectivo tras arrasar con NES, mientras que la compañía del erizo, por no tener, no tenía ni al erizo.

Pero todo cambió. Sega of America remontó el vuelo y oteó furtiva el trono de Nintendo. Con un marketing humilde pero tan agresivo como eficaz, Kalinske y compañía superaron a Howard Lincoln y Minoru Arakawa, máximos responsables de la división norteamericana de Nintendo. Sega tuneó su tartana para adelantar a Nintendo por la mismísima derecha, justo por el hueco que dejó el fontanero bigotudo al virar hacia el estrellato hollywoodiense. En el CES de 1990, Sega no era nada. Con el primer E3, un lustro después, llegó liderando a velocidad supersónica. Console Wars, por lo tanto, es una historia de aciertos y errores. Supone una extensa moraleja que, como la fábula de la liebre y la tortuga, describe con atino la carrera entre ambas fábricas de sueños. Si Nintendo era el mejor Barça, capaz de maravillar al primer toque con paciencia hasta romper la última línea con un pase de Iniesta y un desmarque de Messi, Sega era el más aguerrido Atlético de Madrid del Cholo Simeone. Partido a partido, juego a juego, bit a bit.

Blake J. Harris ha escrito un relato interno, de actitudes, de sueños y, en general, una lección encomiable que llega en español con el mimo al que nos acostumbra Héroes de Papel. El primer adjetivo le corresponde por su capacidad para adentrarse en lo más hondo de cada compañía para desnudarlas ante el lector, con sus virtudes y sus defectos. No es complicado rastrear el currículum de Tom Kalinske, pero sí lo es conocerle de verdad. Con matices, el trabajo de Harris hace de reunión íntima con el anterior CEO de Sega of America y el resto de figuras individuales de la industria noventera del videojuego. Las fortalezas y flaquezas de Al Nilsen, Paul Rioux, Olaf Olafsson, Bill White y Peter Main, así como los porqués a decisiones maravillosas unas veces, delirantes otras tantas. Todo condensado en 572 páginas exquisitas. Ante todo, Console Wars es una historia de personas.

También demográfica. Al hojear la obra, folio tras folio, uno descubre qué implicaba ser seguero o nintendero. La estrategia de marketing de Sega se planteó para erigirse como antagonista absoluta de Nintendo. Una quería ser guay, la otra clásica; una apostó por arriesgar, otra por conservar. Sega hacía virguerías en la cuerda floja, mientras que Nintendo avanzaba como el más paciente funambulista. Para quien se perdiera esa época, por desconocimiento o juventud, Console Wars es capaz de teletransportar al lector a los salones de los 90. En cada casa, la diferencia entre que sonara el tema de Green Hill Zone o una pieza del Reino Champiñón era abrumadora. Correr como el erizo o saltar con la precisión del fontanero. Elegir constituía una dilema digno del más sufrido Hamlet, una muestra de la forma de ser y de las aspiraciones de cada jugador.

Al cerrar el libro y repasar sus contornos con la punta de los dedos para reflexionar, uno se percata de que ha soñado despierto. Console Wars habla con rigor de lo que fue al mismo tiempo que traza un camino onírico de baldosas amarillas hacia lo que pudo ser y nunca será. Cuando el cúmulo de páginas empieza a pesar demasiado para la mano izquierda, señal inequívoca de que se acerca el final, uno se encuentra con Sega liderando el mercado al ritmo de Sonic y Nintendo extramotivada por recuperar su corona. Y si se mira más allá, hacia un punto del libro en el que ni siquiera quedan páginas, el lector descubre que Sega tuvo en sus manos crear de la primera consola de 64 bits o que Sonic se concibió como una suerte de vampiro pseudogótico enchaquetado en atezado cuero. En esa dimensión alternativa, Nintendo ha lanzado PlayStation junto a Sony y la pugna videolúdica emula al balompié escocés de los 2000: una liga de dos. Y todo ello persiste lo que dura un parpadeo. Nunca sucedió, jamás pasará, pero abruma pensar en el poder de las decisiones.

Leyendo los agradecimientos, todavía absorto en los pensamientos sobre ese futuro alterno en el que Saturn no nació muerta, me di cuenta del valor de Console Wars como enseñanza. Para que el videojuego se legitime como arte, hay que tratarlo como tal y la narración de Blake J. Harris lo hace. Es un documento histórico, respetuoso con su medio y conocedor del mismo. Aquel que desconociera los entresijos de una época clave en la Historia de los videojuegos, como yo mismo antes de inhalar el aroma que desprende la celulosa en la que reposa el prólogo, debe descubrirlos mediante Console Wars. En él encontrará un relato, pero también varias reflexiones sobre la naturaleza y evolución de la industria del videojuego durante la década de los 90 y la regulación de la violencia en estos, por ejemplo. Sin duda, es una obra fundamental, inquieta para permanecer demasiado tiempo en la estantería.

Console Wars es un ejercicio literario, periodístico e histórico maravilloso. Blake J. Harris redactó un manuscrito que ya es atemporal para cualquier amante de los videojuegos con un tono ácido y un contenido valioso. La guerra nunca cambia, pero merece la pena indagar con lupa cada bala de la contienda de todos los tiempos. Las mejores historias son las que consiguen sorprender aun sabiendo su final. Aunque todos conocemos cómo terminó la lid entre Sega y Nintendo, Console Wars es un bombardeo documental constante y entretenido. Blake J. Harris does what others don’t.

 

NNota
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