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Conga Master Party y el juego casual en Nintendo Switch

2017-10-06
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No bebo alcohol. Hace tiempo que prescindí de incluir elixires etílicos en mi cóctel de estímulos. Mi abstención —tan técnica como la de Albert Rivera cuando se trata de tomar cerveza con mi pareja— es relativamente reciente. El cierre de Tuenti como red social y de toda su degradante hemeroteca no me alegró. Al menos no tanto como a ciertos coetáneos, con los que compartí un tiempo en el que limitar el uso de filtros a uno por fotografía era una afrenta imperdonable. Aunque he gozado de más de una birra, lamento que la diversión tienda a asociarse con la ingesta de licor. Declararme abstemio con 20 años me excluyó de innumerables planes y me condenó a una solitud de la que solo me rescató quien hoy comparte cafés conmigo. A la larga, aquella decisión me descubrió un sinfín de nuevas experiencias. Salir de fiesta es algo más que beber; es conocer gente sin hipervitaminar los abrazos, reír sabiendo el porqué y, sobre todo, bailar. Y pocos juegos representan tan bien esa idea como Conga Master Party (Undercoders, 2017).
Su premisa es básica. Como en la canción de Zenttric, el personaje que escojamos solo quiere bailar en los siete niveles que componen un modo historia breve pero idóneo para aprender los mecanismos básicos de Conga Master Party. Undercoders, estudio barcelonés creador del título que nos atañe, ha cristalizado la noción más pura del divertimento. En Conga Master, los personajes contonean sus caderas sin complejos, ignorando las miradas altivas y cautivando a la heterogénea multitud. El éxito de la noche no depende de los cubatas engullidos o los ligues acumulados, sino de la alegría que se contagia. Etnia, edad, sexo o condición; qué más da. Una vez dentro del antro de turno, el objetivo es convencer al resto de jaraneros. Todo gira en torno al baile y el jugador gira en torno a los allí presentes para que se unan a su conga infinita. Merced al salero del avatar, el verde tiñe el medidor de cada asistente al gambetear cerca de ellos, aunque desciende por inercia en cuanto la distancia es excesiva. Cuando el grupo esté completo, el nivel termina para pesar del último integrante, que solo atesorará el sempiterno honor de cerrar la puerta al salir y, por ende, será el último en percatarse de que lo siguiente es cumplir en la fase de bonus. Empero, la fiesta concluye si nadie se adhiere a la conga pasado un tiempo, como seguro ocurriría con cualquier danza que yo iniciara en la vida real. *Sigh*. Desde luego, su lanzamiento en Nintendo Switch casa con su actitud inclusiva.
A ese respecto, la variedad de personajes —Freddie Mercury es una opción, no digo más— y modos disponibles acoge con mimo a todo tipo de jugadores. No solo es asequible en términos de diversidad de modos o avatares, sino también en lo jugable. Un botón es más que suficiente para que hasta cuatro jugadores opaquen incluso la bola de espejos de Odisea 2001, la discoteca de Saturday Night Fever (John Badham, 1977). No concibo acto más social que bailar. Bueno, quizá distribuir Joy-Con en cualquier momento o lugar y danzar sin pudor ni templanza. Conga Master Party se cimenta sobre el principio más importante de todo party game: la accesibilidad. Su condición de one button game —aunque puede jugarse con dos— lo torna sencillo de aprender (y también de aprehender). En ese sentido, no hay consola alguna que entienda mejor la importancia del juego en plural como lo hace Nintendo Switch. El marcado carácter social de la propuesta de Nintendo constituye una razón de peso en su éxito. Switch incentiva el multijugador local como ninguna otra máquina del mercado gracias a la versatilidad del hardware, pero, sobre todo, merced a software como Conga Master Party. Claro que el catálogo de Switch debe nutrirse de piezas como The Legend of Zelda: Breath of the Wild (Nintendo, 2017), pero su portabilidad es indisociable de las experiencias cortas y de comandos sencillos como la obra de Undercoders. Es un juego para todos en una consola para todos.

El indie español que nos atañe fomenta una diversión sana, fluida y desacomplejada. Basa su jugabilidad en un estilo de baile tan plural como la conga, una danza eminentemente social y sin exigencias técnicas, que fomenta la interacción y el contacto con otras personas. Los espectadores de la discoteca, ojipláticos con el hipnótico ritual, dejarán sus bebidas o conversaciones para unirse al cúmulo de risas y caderas descompasadas. La felicidad es contagiosa y, cuanto más extensa sea la conga, más fácil resultará añadir miembros. Hay un detalle en forma de lección mecánica, ya en plena partida, que me fascina: Conga Master Party penaliza el acoso. Convencer a los indecisos pasa por acercarse a ellos lo máximo posible, pero el contacto físico no deseado (cualquier roce previo a que acepten unirse al baile) anula toda opción de sumar otro individuo a la fila. Siempre me juré que si un videojuego penalizaba el perreo sería mi GOTY de todos los tiempos.

Este es el perfil de party game que Nintendo Switch necesita. No tiene el potencial integrador de, por ejemplo, Wii Sports (Nintendo, 2006), pero sí que es un título significativo en pos de ampliar el mercado y captar a quienes no acostumbran a relacionarse con el medio videolúdico. Que la híbrida exprima todo su potencial depende ineludiblemente del mimo a su catálogo y la diversidad del mismo. Es ahí donde brillan videojuegos como Conga Master Party, que comprenden y se adaptan a las características del hardware y apuestan por el multijugador social. En una industria dominada por el online, no abundan las propuestas interesantes en el juego local. Nintendo Switch aúna lo mejor de las sobremesa y las portátiles porque, ante todo, busca ser una consola acogedora. Pese a que el marketing ha virado hacia un target más joven, ello no implica que la empresa de Kioto prescinda ni del público infantil ni de los más mayores. Conga Master Party, como Ultra Hyperball (Springloaded Software, 2017) u otras propuestas similares, dotan a Switch del equilibrio que no hallaron sus predecesoras. Son experiencias pensadas en plural, válidas para todos los públicos en el sentido más estricto de la expresión. La puerta está abierta; entra y baila.

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